
He leido muchas veces que el cuerpo es la prisión del alma y sé que la libertad es lo más preciado para una ser humano. Pero la libertad súbita del alma, arrancarla del cuerpo que la protege en lo que dura un suspiro, hace que la mía se caiga hasta los pies y no pueda levantarse.
Todos los días y a todas horas; mientras dormimos, mientras reimos, mientras trabajamos, mientras comemos, miles de almas suben al cielo y no nos damos cuenta. Cuando son muchas con los llantos, los lametos y el dolor, entonces sí quedamos perplejos ante ese plato, esa cama, esa mesa o ese amigo... Cuando muchas personas mueren en un mismo grito de horror, cuando se cumple la ley del "estabas en el sitio equivocado a la hora equivocada" despertamos de la superficie en que vivimos y nos damos cuenta que estamos de paso. Que el amor más puro no ata a quien quieres, que para irte sólo hace falta estar aquí, nos damos cuenta que somos más etéreos que físicos y que lo que nos arrastra es mero ornamento, el disfraz de la vida y los días que nos quedan aquí abajo.
Las familias que tuvieron que llegar a Madrid para recoger los restos, los desechos de aquellos a quienes abrazaron unas horas o unos días antes, también llevaban el alma a rastras. ¿Para qué sirve la vida aquí, en el sótano, si el fiel ángel que te acompañaba se va para no saber donde encontrarlo de nuevo?
Mis ángeles están a mi lado. Ahora. Mañana, no lo sé.

Estamos aquí de paso, de "prestao" y los ángeles, a veces, se tornan demonios.
saludos
Se tornan...